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Balotaje 2015: primera segunda vuelta

Publicado el 10/11/2015 en Noticias UCC

Por
Mgter. Mónica Cingolani. Profesora e investigadora de nuestra Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales.

Elegir es optar, seleccionar entre opciones alternativas que se presentan para su elección. El próximo 22 de noviembre los ciudadanos argentinos concurriremos a las urnas en un histórico balotaje para elegir al sucesor de Cristina Fernández de Kirchner.

El balotaje presidencial, consagrado mayoritariamente en las constituciones nacionales latinoamericanas y celebrado en cerca de cincuenta oportunidades en la región, es un mecanismo de aplicación relativamente reciente en Argentina. Será éste el primer balotaje presidencial luego de que en las elecciones presidenciales de 2003 el mismo no pudiera llevarse a cabo por la renuncia de una de las dos fórmulas contendientes. Los binomios Menem-Romero y Kirchner-Scioli obtuvieron respectivamente el 24% y el 22%, pero el primero renunció.

La eventual doble vuelta o balotaje fue una de las modificaciones sustantivas de la reforma constitucional de 1994 junto con el mecanismo de elección directa.

La elección directa del presidente, que reemplazó al sistema indirecto del colegio electoral con representantes de las circunscripciones provinciales, aumentó considerablemente la influencia de los mayores distritos electorales como Buenos Aires, CABA, Córdoba y Santa Fe. Esto explica la enorme atención que los candidatos dispensan a estos, en relación con otros menos poblados. Junto con la elección directa, la reforma introdujo el sistema de mayoría relativa con mínimo de votación (45% ó 40% con diferencia porcentual de 10%) para la elección presidencial, y balotaje si ello no se consigue. Reformas de esta naturaleza procuran garantizar efectos positivos en términos de legitimidad y gobernabilidad, permitiendo solucionar problemas derivados de elecciones muy reñidas con dispersión de votos; en esos casos, el balotaje eleva necesariamente a la mayoría el apoyo electoral al ganador, concentrando en sólo dos opciones la dispersión resultante en primera vuelta.

De más está aclarar que este efecto de apoyo mayoritario no se ve acompañado de efecto similar en los cuerpos legislativos, en razón de que la renovación de los mismos es parcial, y para la elección de bancas legislativas no se aplican en Argentina fórmulas mayoritarias, sino el sistema proporcional D'Hondt para diputados y el semi proporcional de voto limitado para senadores. Por su parte, las nuevas composiciones de las cámaras legislativas nacionales ya quedaron definidas en la pasada elección general de octubre.

Durante los sucesivos actos electorales las opciones para elegir se fueron reduciendo.  En las PASO del 9 de agosto pasado se presentaron trece alternativas, de las cuales quedaron seis fórmulas en las elecciones generales del 25 de octubre, para resultar finalmente entre dos competidores la definición del balotaje del 22 de noviembre. La celebración del próximo acto electoral deriva de que en las pasadas elecciones ninguna de las seis fórmulas presentadas consiguió el umbral que establece la Constitución Nacional, el 45% de los votos afirmativos o al menos el 40% de los votos y una diferencia porcentual mayor al 10% con respecto a la fórmula que le sigue, en cuyo caso deben competir en una nueva contienda -a celebrarse dentro de los treinta días siguientes- las dos fórmulas más votadas. En este caso las encabezadas por Daniel Scioli y Mauricio Macri que obtuvieron, respectivamente, el 37.08% y 34.15% de los votos positivos en las elecciones generales.

La actual coyuntura electoral está caracterizada por la alta competitividad y la marcada incertidumbre en torno a los resultados. En las elecciones generales de octubre, de cada tres electores, uno optó por la fórmula oficialista Scioli-Zannini, uno por la de Macri-Michetti, y uno por ninguno de ambos, por lo que los dos postulantes necesitan –además de retener el tercio conseguido- obtener las preferencias de la mayor parte del tercio que deberá cambiar su opción electoral; ello los obliga a una necesaria polarización, que además es inherente a toda situación de balotaje. Otro factor que hace menos predecible aun el comportamiento de los votantes es que sea discutible que los grupos electorales se movilicen mayoritariamente en función de las inclinaciones de sus líderes (aquellos candidatos que no ingresaron al balotaje y de otros referentes dentro de esos espacios). A esa incertidumbre se suma la baja capacidad comprobada de las encuestadoras para predecir con cierta proximidad los resultados de los comicios. Y para completar el escenario poco cierto, la corta brecha entre los contendientes en las elecciones generales expone la vulnerabilidad electoral del primero y alimenta las expectativas del segundo de revertir el resultado.

Hoy es incierto el resultado electoral del balotaje y las circunstancias más básicas para la construcción de la gobernabilidad poselectoral.  Lo único predecible es el comportamiento de los candidatos en campaña y una alta concurrencia electoral, propia de elecciones competitivas y ya anticipada en las elecciones generales (la cual se caracterizó por una concurrencia electoral superior al 80%). Por su parte, la construcción de las alianzas electorales de Cambiemos, Frente para la Victoria -con la evidentemente dificultosa convivencia entre sciolismo y kirchnerismo- y todas las alianzas en general se construyen con dos objetivos. Uno apunta a los cálculos relativos para ampliar la base electoral que procure su triunfo, y el otro a la gestión de conciliar disputas internas entre liderazgos. Mientras que el momento pre electoral y electoral se equilibra en favor del primero; el poselectoral, en cambio, girará en torno al segundo.

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