Tachos, algodón y clavos para filtrar arsénico en el agua


Publicado el 31/07/2018 en Comunidad universitaria

Docentes y alumnos de la Universidad Católica de Córdoba enseñan la técnica en un humilde poblado de Santiago del Estero. Allí utilizan el sistema para procesar agua con niveles muy altos de contaminación.

Reducir los niveles de arsénico y de fluoruros del agua de pozo, mejorar la calidad de vida de un poblado santiagueño que no tiene otra fuente de provisión, investigar y desarrollar nuevos dispositivos de filtración.

Esos objetivos se juntan y complementan en el proyecto Misk’i Yacu (agua dulce en quechua), a través del cual un grupo de estudiantes y de docentes de la carrera de Ingeniería Industrial de la Universidad Católica de Córdoba (UCC) desarrolla un filtro de fabricación casera para que sectores rurales y humildes de Santiago del Estero puedan beber y cocinar con agua dentro de los niveles aceptables para el consumo humano, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El contacto con los pobladores de San José del Boquerón se inició en 2012, a partir del trabajo conjunto entre la UCC y una parroquia jesuita local, en el que alumnos de Ciencias Agropecuarias investigaron el estado del agua.

“Es uno de los cuatro lugares del mundo con mayor nivel de contaminación de arsénico en las napas de agua”, cuenta Guillermo Blasón, docente de la UCC y exdirector del programa.

A partir de allí, estudiantes de Ingeniería Industrial idearon un sistema de filtros caseros, construidos con elementos sencillos, que se han ido perfeccionando en capacidad y durabilidad.

“El primer diseño fue hecho con botellas de plástico, algodón y virulana, y surgió tras un año y medio de desarrollo, de ensayo y error”, recuerda Blasón. Luego, comenzaron a probar con clavos y con recipientes de mayor capacidad, y con elementos más duraderos.

“En el último viaje que realizamos en mayo llevamos el modelo de filtro con tachos, con carbón y clavos, que tiene no sólo mayor capacidad, sino mucha más vida útil que el de botellas y virulana”, precisa Hernán Santa Cruz, actual director del proyecto.

Después de las primeras experiencias en 2014, advirtieron que eran muy pocas las familias que, efectivamente, implementaron la filtración de agua para el consumo.

Un poco por desconocimiento de los efectos del arsénico en la salud y otro poco por falta de costumbre, los habitantes de El Boquerón seguían tomando el agua de pozo tal como la extraían.

Héctor Zanoni, titular de la cátedra de Operación y Procesos Químicos, cuenta que se abrió ahí un camino de educación y de concientización para modificar la conducta de consumo del poblado. “Apuntamos a los niños, a dar charlas en colegios, porque a los adultos les cuesta muchísimo más cambiar un hábito”, dice y aclara que esa es tarea de los alumnos de la carrera.

Aprendizaje social

Para los estudiantes, la experiencia de viajar al norte santiagueño es una usina de aprendizajes. “A veces, uno piensa en Ingeniería Industrial como una carrera para innovar, y este proyecto nos baja al desafío de hacer algo sencillo que puede ser inmensamente útil para personas con necesidades”, describe Nicolás Sánchez Acosta, uno de los involucrados en el proyecto.

Sebastián García y Matías Alonso, alumnos de 5° año de la carrera de Ingeniería Industrial, sostienen que compartir varios días con los habitantes de El Boquerón les significó un gran aprendizaje. “Viendo lo que es vivir sin recursos, sin agua corriente, sin acceso a la tecnología, uno toma conciencia de las facilidades que tenemos quienes vivimos en grandes ciudades”, aporta Sebastián.

Todos coinciden en que los niños son el público más fértil para introducir nuevos hábitos de consumo del agua y para iniciar una modificación cultural, más difícil de conseguir entre los adultos.

En septiembre, el equipo viajará a Santiago del Estero para monitorear el funcionamiento del sistema de filtro con tachos. Llevarán también los resultados de análisis que se hicieron a más de 40 personas.

“La idea de llevarles los resultados de los análisis que hicimos es mostrarles los efectos del arsénico, que tal vez no ven, pero que tienen una importante incidencia en enfermedades como el cáncer de pulmón y de piel, la diabetes; en tanto que el fluoruro produce malformaciones óseas”, aclaró Blasón.

El proyecto depende de la Secretaría de Responsabilidad Social Universitaria (RSU) y de la de Investigación de la UCC. A los docentes les sirve para investigar y desarrollar nuevos métodos, y a los alumnos como trabajo final de grado o como créditos RSU.

“No sólo desde la formación es importante, sino que los chicos que viajan vuelven con otra cabeza”, valora Zanoni y subraya el carácter sostenido de su participación en ese humilde poblado, que siempre necesita mayor financiamiento.

Mientras siguen evaluando la implementación del filtro de tachos, ya trabajan en el desarrollo de un dispositivo continuo para una próxima etapa del proyecto.

Paso a paso

La preparación del filtro consta de cuatro tachos de 20 litros: uno con 16 agujeros en la parte central del fondo; otro, con 16 agujeros en la parte periférica del fondo; un tercero, con tres agujeros centrales en el fondo y un cuarto, que será el colector, con un hueco de 10 centímetros de diámetro en la tapa.

1. Se coloca el balde sin agujeros, con la tapa ahuecada.

2. Sobre la tapa, hay que colocar el tacho con tres agujeros que tendrá en el fondo una capa de algodón y luego, una capa de carbón de huesos de unos 10 centímetros de alto.

3. Colocar el balde con los agujeros en la parte externa del fondo, con una capa de algodón, y otra de clavos mezclados con arena gruesa (previamente lavados) de unos 10 centímetros de alto.

4. Dentro del balde, con arena y clavos, colocar el otro, que funciona como “colador” para echar el agua que se necesita filtrar. Dejar tapado.

5. En minutos, el agua atravesará los tachos con los filtros, y caerá en el último tacho con niveles aceptables de arsénico y de fluoruros.


Nota de Laura Giubergia para La Voz del Interior. 

Comunidad UCC

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