Studia Politicae

Eusebio Mujal-León

¿Mucho ruido y pocas nueces?
 El cambio de régimen político en Cuba

 
Introducción
Resulta difícil situar entre las categorías tradicionales de régimen político al régimen cubano, una dictadura carismática y personalista con una idiosincrática mezcla de elementos nacional-militares, igualitarios, anti-americanos y anticapitalistas, así como de elementos comunistas residuales. Aunque el régimen ha atravesado diferentes fases durante los pasados cuarenta años, una dialéctica ha sido constante–la presencia dominante de su líder y fundador, Fidel Castro. Otros actores institucionales responden directamente ante él. Aún cuando el régimen cubano es descrito con frecuencia como “uno de los últimos regímenes comunistas”, el Partido Comunista Cubano (PCC) está débilmente institucionalizado y ninguno de sus líderes tiene una base social o política independiente de Fidel Castro. El régimen cubano presenta además un fuerte componente militar. Aunque las FAR se encuentran ostensiblemente bajo el control del Partido Comunista, se podría dudar o especular acerca de cuán efectivos son esos mecanismos de control. Sus líderes han sido incorporados en los más altos órganos del Partido, o purgados (como la ejecución del General Arnaldo Ochoa en 1989), o se les ha acomodado dándoles acceso a los lucrativos beneficios de empresas mixtas, inversiones conjuntas con capital extranjero (joint ventures), y del turismo.
Nuestro objetivo en este artículo es discernir la naturaleza del régimen cubano contemporáneo. No es éste un ejercicio académico o meramente retrospectivo. El régimen (antes y ahora) es el punto de partida para cualquier futuro desarrollo y condicionará las posibilidades y la dirección de la evolución política del país[1]. La parte I de este artículo explorará la que creemos fue la fallida transición cubana al post-totalitarismo a mediados de los años ochenta y la (parcial) confirmación del totalitarismo al entrar en los noventa. La parte II examina a continuación la naturaleza de los cambios experimentados por el régimen y la sociedad durante la década de los noventa, lo que nos lleva a caracterizar el régimen en su período más reciente como “carismático y post-totalitario temprano”. La conclusión analiza las implicaciones de esta caracterización para el cambio de régimen y el futuro después de Castro.
 
Parte I
El régimen castrista tiene ya más de cuarenta años. Ha sobrevivido a una miríada de dificultades, incluyendo el dramático colapso de sus patrocinadores de la Unión Soviética. Pero el régimen perdura. ¿ Quién no recuerda las premonitorias predicciones acerca de su inminente colapso desde finales de los ochenta y comienzos de los noventa? Pero aún si el régimen ha sobrevivido en el nuevo siglo no es porque haya permanecido inalterado. De hecho, la continuidad que la presencia de su fundador ha proporcionado al régimen ha servido con frecuencia para enmascarar los cambios dinámicos que han ocurrido en el sistema político cubano durante las pasadas décadas. La sociedad cubana ha cambiado significativamente. A pesar del uso repetido del slogan “socialismo o muerte,” cuando Fidel Castro haga una salida definitiva de la escena cubana o no sea capaz de dirigir el régimen por más tiempo se producirá un profundo reajuste (y crisis) del régimen.
Nuestro intento de explorar los caminos hacia y las condiciones de un futuro post-Castro nos llevan en primer lugar al pasado y, más concretamente, al período 1971-1985, cuando el régimen cubano llegó a estar estrechamente vinculado a la Unión Soviética. Durante este período, el régimen cubano había alcanzado ya una profunda acomodación con su contraparte soviética y, asumiendo su papel en la “división socialista del trabajo”, comenzó a experimentar una transición hacia el post-totalitarismo. El nuevo partenariado supuso una activa colaboración entre Cuba y la Unión Soviética en la esfera internacional, incluyendo el despliegue de tropas cubanas en distintas partes del Tercer Mundo. Ambas partes negociaron las directrices para la transferencia de subsidios a la economía cubana y la institucionalización de mecanismos de “planificación socialista” en Cuba. En una vertiente más política, el liderazgo cubano se orientó hacia la institucionalización de las funciones y la estructura del Partido Comunista (PCC) así como la ratificación de una nueva Constitución que se asemejaba en mucho a la soviética. Al compás de estas iniciativas se crearon los mercados de agricultores y se llevaron a cabo otras reformas que, junto a las favorables condiciones comerciales y otras formas de apoyo, sacaron a Cuba del estancamiento de sus fallidos experimentos de movilización[2].
En este artículo intentamos situar nuestra interpretación del régimen cubano contemporáneo dentro del contexto específico de la literatura sobre regímenes post-totalitarios. Nos gustaría revisar brevemente las principales caracterizaciones del tipo de régimen post-totalitario, utilizando las cuatro características -liderazgo, ideología, movilización, y pluralismo- propuestos por Juan Linz y Alfred Stepan. Bajo el post-totalitarismo, la política adquiere una forma más institucionalizada dentro de las organizaciones del Estado, en contraste al impredecible ejercicio de poder de un orden totalitario. Aunque el liderazgo es todavía ejercido por el partido gobernante, éste comienza a demostrar mayores tendencias burocráticas y está menos sujeto a la discreción arbitraria del líder. En términos ideológicos, hay un creciente desajuste entre los deseos y la capacidad del régimen. La ideología requiere un menor compromiso, y se convierte en un elemento más en un ritual obligatorio. La movilización también se transforma. Más que demandar apoyo abierto al régimen, los líderes de un régimen post-totalitario comienzan a rebajar sus expectativas y la ausencia de abierta oposición se acepta como tácita aprobación. Se tolera el pluralismo de naturaleza social y económica, mientras el pluralismo político permanece aún prohibido. Manifestaciones culturales y artísticas alternativas, y mercados paralelos, comienzan a coexistir junto con los oficialmente autorizados, aunque incluso el grado de pluralismo posible o tolerado podría ser menor que bajo un régimen autoritario[3].
Al aplicar esta perspectiva analítica al régimen cubano, presentamos el siguiente argumento. Durante el período 1971-85, el régimen experimentó el inicio de una transición hacia el post-totalitarismo. Este proceso reflejaba una coincidencia estratégica entre los liderazgos soviético y cubano que sacaba a Cuba de su relativa autarquía. La integración de Cuba en el bloque soviético estimuló y reforzó las transformaciones económicas e institucionales domésticas antes señaladas.
Sin embargo, a comienzos de los años ochenta, cuando la administración Reagan se posicionó de manera más firme en política exterior y se produjo en la Unión Soviética la sucesión Andropov-Chernenko-Gorbachev, Fidel Castro comenzó de manera creciente (y con buenas razones para ello) a dudar de la fiabilidad y las consecuencias del compromiso soviético. Una vez que Gorbachev alcanzó el poder en 1985, las señales se tornaron inequívocas.[4] Castro respondió anunciando el proceso de rectificación. Ésta fue una respuesta dura a la perestroika que supuso que las reformas de la era previa fueran claramente invertidas y que reformistas, como el ministro de Planificación Humberto Pérez, fueran privados de su posición. Los mercados de agricultores cubanos fueron clausurados en mayo de 1986, anuncio que fue acompañado por una severa invectiva acerca de la nociva expansión del individualismo y de las fuerzas del mercado[5]. Esta retórica señaló el fin de la transición hacia el post-totalitarismo e inauguró (y condujo a ) un incompleto retorno al radicalismo de movilización de finales de los sesenta, siendo reemplazadas las anteriores aperturas al mercado por apelativos a la conciencia nacional, la resistencia, y el espíritu revolucionario. Después de desplazar los modelos de planificación de inspiración soviética de la era anterior, Castro estableció ambiciosos objetivos nacionales de auto-suficiencia alimentaria, construcción de viviendas y otras necesidades sociales, mediante el uso de brigadas de trabajo voluntarias[6].
¿Qué factores explican la truncada transición al post-totalitarismo en Cuba durante los ochenta? (1) El primero gira en torno a Fidel Castro. Cuando Gorbachev llegó al poder en 1985 y anunció su programa de perestroika y glas’nost, él podría sin duda haber anticipado cómo esas reformas debilitarían y socavarían su propio sistema de gobierno. Aunque otros dentro de la órbita soviética hubieran podido pensar algo semejante, Cuba y Fidel Castro tenían una posición mucho menos dependiente. No sólo porque la relación cubano-soviética no había sido simplemente una relación patrón-cliente (Castro después de todo había alcanzado el poder por sus propios medios), sino porque la propia presencia y permanencia de su fundador fortaleció la autonomía del régimen cubano. Él tenía una autoridad y un prestigio dentro del régimen que le daban margen de maniobra para definir y redefinir el régimen, algo de lo que cualquier sucesor carecería. En este sentido, aún cuando el régimen cubano inició una transición hacia el post-totalitarismo en los años 1971-1985, su situación en términos de liderazgo era muy diferente a la de la mayoría de los regímenes de la Europa del Este o incluso de la propia Unión Soviética.
(2) Un segundo factor fue la continuada vitalidad de la ideología (la mezcla de nacionalismo, anti-americanismo y anti-capitalismo elaborada por Fidel Castro). A fines de los setenta e inicios de los ochenta el régimen no había perdido todavía sus prácticas ideológicas establecidas. Aunque el éxodo del Mariel en 1980 debilitó el régimen y demostró cuánta gente dejaría la isla si tuviese la oportunidad, permanecía la cohesión de la élite y entre importantes sectores de la sociedad acerca de que el modelo ideológico (y los programas sociales que éste generaba) era viable. La ideología pudo haber sido reforzada también por una política exterior activista y nacionalista, que convirtió a Cuba en uno de los principales protagonistas en el movimiento de países no-alineados y un (parcial) substituto para la Unión Soviética en lugares tales como Angola y Nicaragua. Además, el régimen no había perdido ni su capacidad represiva ni de movilización a finales de los setenta y principios de los ochenta. En el otro lado de la ecuación, el bajo nivel del pluralismo social y económico en Cuba facilitaron el que se viese truncada la transición al post-totalitarismo. La introducción de reformas de mercado había sido muy limitada y, a excepción de los mercados de agricultores, apenas había otros actores sociales o económicos independientes.
 (3) Finalmente, la debilidad institucional del Partido Comunista y la correspondiente fortaleza de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) explican también la truncada transición al post-totalitarismo durante este período. La lógica “normal” de la consolidación totalitaria y post-totalitaria atribuye un papel central al partido. Bajo el totalitarismo, el Partido establece su hegemonía sobre las fuerzas armadas y los servicios de seguridad; bajo el post-totalitarismo, retiene un papel central pero adquiere crecientemente una función managerial o de vigilante dentro del aparato del estado.
    Ninguno de estos desarrollos se produjo en el caso de Cuba. El régimen nació de un conflicto militar y, como antes se señaló, la organización militar y su relación con el régimen impidieron el establecimiento del Partido Comunista. Ambas organizaciones estaban bajo el control y la autoridad de Fidel Castro. Incluso con la institucionalización de finales de los setenta y comienzos de los ochenta, no cabía duda de que los cuadros del PCC respondían al deseo del máximo líder. Éste no estaba constreñido por sus prácticas o burocracia, y no respondía ante nadie en el liderazgo del partido[7].
 El papel de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) aumentaba aún más las dificultades de un débilmente institucionalizado Partido Comunista. Atendiendo a las relaciones civil-militares se ha avanzado la noción de un “soldado cívico” cubano- una persona que, absorbida por el idealismo revolucionario, realizaría cualquier tarea que el régimen demandase, implicase ésta la defensa de la patria o tareas administrativas relativas a la administración de empresas gestionadas por el Estado o por burocracias gubernamentales[8]. Esta interpretación ve la relación en términos de equilibrio. Otra línea de interpretación más incisiva ha sido avanzada por Domingo Amuchastegui, quien ha argumentado que la distinción entre civiles y militares tiene poca validez en el caso cubano- el Partido Comunista está en una posición subordinada en relación a los militares[9].
Los analistas han enfatizado tradicionalmente el carácter proto-militar de los Partidos Comunistas. El colapso del bloque soviético y la trasformación managerial de los pocos partidos comunistas que permanecen en el poder ha convertido tal análisis en anacrónico. Sin embargo, esa noción necesita ser resucitada con respecto a Cuba, aunque no en el tradicional sentido Leninista en el que el partido ocupa una posición dominante y otras organizaciones sirven como su correa de transmisión. En el caso cubano, es el Partido Comunista el que ha sido imbuido por el espíritu “jerárquico” y “militar” de la Revolución, y Fidel Castro es su y el comandante en jefe de las FAR.
No compartimos sin embargo la insistencia de Amuchastegui en una unidad “unicelular” civil-militar. En torno al tiempo en que el partenariado cubano-soviético comenzó a congelarse a principios y mediados de los setenta, hubo un reparto de labores entre las FAR y el PCC. Mientras el PCC monopolizaba la arena política doméstica y, en particular, las agencias económicas y de planificación, las fuerzas armadas se concentraron en misiones internacionalistas con una maestría tal que reforzó el prestigio y legitimidad nacionales además de los propios. Ese reparto se mantuvo hasta la interrupción de la transición al post-totalitarismo a mediados y finales de los años ochenta. En ese momento los “expertos” dentro del PCC fueron purgados y, en su lugar, el Partido asumió crecientemente un papel de vigilante y tribuno ideológico. Simultáneamente las FAR también experimentaron un cambio en sus órdenes. Cuando la nueva administración soviética se había embarcado en negociaciones globales con los Estados Unidos y la Guerra Fría perdía vitalidad, el papel cubano en Angola y otros enclaves conflictivos del Tercer Mundo tocaba a su fin. Unas FAR reorganizadas regresaban a casa con nuevos deberes y un papel transformado.
Durante los setenta y hasta mediados de los ochenta, las FAR habían sido una institución privilegiada pero externamente orientada, cuyo servicio como guardia pretoriana del movimiento revolucionario internacional le proporcionó recompensas, reconocimiento, e influencia[10]. En opinión de algunos autores, su preeminencia podría haber intensificado también la inquietud acerca de su lealtad. Un perceptivo estudioso de la política cubana y de los militares (que ha entrevistado a muchos militares desertores) ha argumentado que Castro desarrolló el concepto de Guerra de todo el Pueblo no tanto para movilizar a la población en un esfuerzo de auto-defensa contra una potencial invasión de los Estados Unidos, como para diluir la influencia de las FAR creando un contra-equilibrio de “varios cuerpos redundantes de la gente de uniforme”[11]. Los temores de deslealtad podrían haber sido alentados por informes sobre la deserción de unos 56.000 soldados durante el período 1983-87[12].
La ejecución del General Arnaldo Ochoa en junio de 1989[13] y las subsiguientes purgas del Ministerio del Interior (MININT)[14] así como del Ejército Occidental[15] subrayan la existencia de tensiones asociadas con el retorno de combatientes exhaustos y veteranos entrenados por los soviéticos. Se desconoce, y probablemente nunca llegará a saberse, si Ochoa tenía contactos con Mihail Gorbachev u otros reformistas soviéticos, o si había decidido retar a Fidel Castro. Lo que es más que improbable es que los cargos de droga y corrupción en su contra fueran la única o principal razón para su enjuiciamiento y ejecución. Independientemente de la precisa combinación de razones que explique su eliminación, no cabe duda que, a través de su ejecución (y de la de Antonio de la Guardia), Castro envió una señal inequívoca a aquellos que pudieran albergar y expresar pensamientos de deslealtad. Este golpe de mano no sólo permitió a Castro reafirmar su autoridad última, sino que también permitió a la facción de oficiales cercanos a Raúl Castro (el llamado grupo raulista) consolidar y extender su control sobre las fuerzas armadas y los servicios de seguridad.
El final de los ochenta presenció el fin de la primera transición cubana al post-totalitarismo. La reafirmación de la autoridad personalista y fundacional de Fidel Castro derroto la incipiente institucionalización de las estructuras del régimen. La continuada vitalidad de la ideología del régimen, su capacidad sostenida para la movilización, la debilidad institucional del PCC, y la ausencia de un significativo pluralismo social o económico contribuyeron al retorno a los esquemas totalitarios y a la política de movilización del pasado. A estos elementos domésticos de la explicación se puede añadir los efectos de la profunda crisis generada por los cambios en las relaciones cubano-soviéticas en un primer momento, y el colapso de la Unión Soviética con posterioridad.
 
Parte II
El régimen cubano se enfrentó a una crisis política y económica de proporciones sin precedentes a comienzos de los años noventa. Esto originó un amplio paquete de medidas de reforma económica que incluían la legalización de la posesión y el uso de dólares (incluyendo las remesas enviadas desde el extranjero), la autorización de ciertos tipos de auto-empleo, la conversión de las explotaciones agrícolas estatales en cooperativas, y el establecimiento de mercados agrícolas (ahora llamados “artesanos”). El gobierno implementó también medidas de reforma fiscal y monetaria que recortaron notablemente el déficit presupuestario y limitaron los subsidios a aquellas empresas estatales con pérdidas. El elemento final en el programa de emergencia económica fue la promulgación de leyes que permitían mayor inversión extranjera, alentando joint ventures, y estableciendo zonas de libre comercio[16].
Existe un vivo debate en círculos académicos acerca de lo que estos cambios han significado para la naturaleza del régimen cubano. Una línea de interpretación afirma que el régimen actual es un ejemplar de “autoritarismo de movilización” cuya débil institucionalización presagia lo peor para una transición pacífica[17]. Otra línea de argumentación insiste en que los cambios producidos durante los noventa han creado un incipiente régimen autoritario en Cuba[18]. Una tercera aproximación insiste en que el actual régimen cubano es una mezcla de “sultanismo” y “post-totalitarismo congelado”. Para esta interpretación, aunque el régimen ha permitido reformas de mercado limitadas, no ofrece espacio para alternativas políticas y margina rápidamente a los reformistas que aparecen. Atendiendo a la libertad que Fidel Castro tiene para manipular el cuerpo político, Juan López adscribe también características sultanísticas al líder cubano. Las implicaciones del análisis de López son claras. No hay posibilidad de reforma, y la única transición posible en Cuba es mediante una rebelión desde abajo similar a la que ocurrió en Rumanía con Ceausescu. Para apoyar este argumento, López pone como ejemplo que el número de disidentes en Cuba es tan numeroso o aún mayor que en Rumania, Alemania del Este, y Checoslovaquia[19]. No nos desagradan muchos de los elementos del argumento que López presenta, y estamos de acuerdo con su caracterización post-totalitaria del régimen cubano. Creemos también que podría haber elementos “sultanísticos” en el régimen cubano o, al menos, que el alcance de la autoridad de Fidel Castro es amplia y discrecional en un grado poco común. Podrían existir así similitudes entre cómo Fidel Castro ejerce su autoridad en Cuba y las pautas evidenciadas por Nicolae Ceausescu en Rumanía y Kim Il-Sung en Corea del Norte. En última instancia, sin embargo, no denominariamos el régimen cubano como “sultanístico,” dada su dependencia de la ideología y la movilización.
Estos cambios dieron paso a la fase más reciente del régimen cubano, aquella que definimos como carismática y post-totalitaria temprana. Característica de esta fase ha sido una profunda tensión. Por un lado, hay todavía una visible capacidad del fundador revolucionario para limitar el cambio, para movilizar a la población, y para afirmar la validez de su ideología igualitaria ante las élites y la sociedad. El Estado combate a los grupos pro-derechos humanos y a la Iglesia Católica en cada cambio y por cada espacio en la sociedad. La oposición es débil, desorganizada, e intimidada. Por otro lado, hay creciente evidencia de que la ideología del régimen ha sido socavada, y hay signos de incipiente pluralismo social y económico en una sociedad crecientemente estratificada.
Pero no se trata tan sólo de que la erosionada capacidad de transformación de la sociedad complique el pleno retorno a los modelos del pasado, sino que son otros factores sobre los que el régimen y Fidel Castro tienen menor control. Factores externos, tales como las variadas presiones de la globalización y la obvia dificultad para encontrar un aliado internacional dispuesto a subsidiar el experimento económico cubano Cuba, hacen que la autarquía y el retorno a un pleno totalitarismo sean problemáticos. Está también la distorsionada crisis de sucesión. Guste o no, la transición a la era post-Castro ya ha comenzado y avanzará inexorablemente. Como ocurriera en España durante el declinar de la era franquista, la cuestión emergente en Cuba es “¿después de Castro, qué?” Aunque la respuesta no es ni mucho menos clara, hay un plazo inexorable que ha puesto a otras fuerzas (dentro y fuera del régimen) en movimiento. Este proceso es irreversible, aunque paradójicamente, refuerza el papel desempeñado por Fidel Castro en el corto plazo.
 
A continuación examinaremos la naturaleza del régimen cubano carismático y post-totalitario temprano en los noventa desde la perspectiva de los componentes del régimen: liderazgo, ideología, movilización y pluralismo.
   
Liderazgo
La versión cubana del post-totalitarismo no se adecua exactamente al tipo ideal. La primera y más importante diferencia es la continuada presencia de Fidel Castro quien, como fundador carismático del régimen revolucionario, retiene amplio poder e influencia. Nadie dentro de la élite cuestiona su papel ni sus decisiones. Incluso los reformistas del régimen se adhieren a la invocación de “con Fidel todo; contra Fidel nada”. La autoridad de Castro deriva de varias fuentes. No sólo es el fundador del régimen, sino que también ha establecido y conformado su ideología. Él ha guiado el régimen a través de diferentes crisis durante las pasadas cuatro décadas, incluyendo el muy peligroso período de turbulencia que siguió a la pérdida de soberanía de la Unión Soviética. Su carisma es prototípico, y su importancia para el régimen exacerbada por el alcance de la crisis en los noventa. Castro continúa ejerciendo también una forma de autoridad de tipo militar sobre las instituciones del régimen, especialmente el PCC y las FAR. Ha utilizado ambas instituciones para movilizar a la población cubana y para transmitir directivas ideológicas. En sistemas más tradicionales de partido de Estado, es el partido Comunista el que genera y transmite tal ideología pero, en el contexto cubano, el partido (y los militares) son correas de transmisión para el ejercicio del liderazgo por el líder revolucionario y carismático.
Sin embargo, si bien el régimen cubano se ha caracterizado por su estabilidad en la cumbre, cuando se desciende en la escala jerárquica la fluidez ha sido más característica, especialmente desde finales de los ochenta. Algunos líderes han sido purgados, y muchos líderes mayores se han retirado o han sido retirados. Como Marifeli Pérez-Stable ha señalado[20], algunos de los cuadros más jóvenes que alcanzaron posiciones de liderazgo en los ministerios económicos son “presumiblemente más proclives a la reforma” que sus predecesores. Pero incluso si esto fuera así, podemos suponer que, mientras Fidel Castro sea una presencia activa en la política cubana, serán muy cuidadosos a la hora de expresar sus opiniones y preferencias.
De nuevo las FAR (y los servicios de seguridad bajo su supervisión) se presentan como una excepción a esa tendencia a la fluidez que ha caracterizado el liderazgo en la instituciones del régimen. La ejecución del General Ochoa y la consiguiente purga del Ministerio del Interior consolidó la influencia de la facción raulista dentro de las FAR. Durante la pasada década los militares se han caracterizado no sólo por su cohesión, sino por el modo en que el régimen ha dependido de ellos para proporcionar liderazgo en los ámbitos económico y administrativo. En su papel dual como guardianes de la seguridad y tempranos protagonistas en el proceso de perfeccionamiento empresarial, los diversos elementos de las FAR tienen virtualmente asegurado el ir a desempeñar un importante papel, no sólo como fuente de conocimiento especializado en la gestión y reforma de la economía, sino en conformar la transición hacia un futuro después de Castro.
 
Ideología
¿Por qué las reformas - sociales, políticas y económicas- han sido tan limitadas en la Cuba contemporánea? ¿ Por qué no ha seguido Cuba el ejemplo de China o Vietnam al emprender reformas de mercado más comprehensivas que pudieran galvanizar la economía?[21] La duradera vitalidad de la ideología ofrece en buena medida una respuesta a estas cuestiones. Fidel Castro es, después de todo, el ideólogo del régimen cubano. Como un agudo observador de los portentos ideológicos que son los debates en la intelligentsia internacional, y de su potencial significación para Cuba, ha desarrollado consistentemente estrategias retóricas para el consumo doméstico e internacional atendiendo a la defensa de los ideales y logros del proyecto nacional.
La caída de la Unión Soviética y sus aliados privó al régimen cubano de un importante componente de sus fundamentos ideológicos. La Revolución dejó de ser parte de un proyecto utópico más amplio. Desde inicios de los noventa en adelante, el régimen y Fidel Castro han buscado principalmente revigorizar la ideología del régimen apelando a los otros elementos nucleares de sus constructos ideológicos, entre ellos el nacionalismo, la justicia social, y la solidaridad regional. Así, por ejemplo, en julio de 1992, la Asamblea Nacional Cubana aprobó unánimente la reforma constitucional que desmanteló de la Constitución sus referentes de la era Soviética a “la comunidad de países socialistas”, al “internacionalismo proletario”, “el liderazgo de la clase trabajadora”, y el “materialismo científico”. Reemplazando estos y otros enunciados se introdujeron referencias a América Latina y el Caribe, José Martí, la nación cubana, y la educación patriótica[22]. Aunque no todas las referencias fueron eliminadas, la significación estaba clara. La Constitución enmendada había sido cubanizada para reflejar la nueva situación. De manera paralela, el régimen ha mostrado mayor cuidado en defender sus logros en las áreas de la salud y la educación, porque es en estas áreas en las que el proyecto nacional retiene una mayor legitimidad doméstica e internacional. Los ataques que el Partido Comunista lanzó el año pasado contra las actividades sociales (cocinas económicas, centros de atención infantil, distribución de medicinas) que la Iglesia Católica ha organizado resultan sintomáticos de esta defensa de su proyecto social. Como hizo en los setenta con el Movimiento No-Alineado, Fidel Castro ha intentado también posicionarse él mismo y a Cuba en la vanguardia del conflicto en contra de la globalización, y emplear esto como un vehículo para la re-legitimación del régimen.
La presencia de Fidel Castro y sus constantes exhortaciones al conflicto revolucionario y la ideología sitúan estrictos, aunque formalmente mal definidos, límites sobre cuánto pueden los funcionarios del partido y del gobierno desviarse del canon oficial de anticapitalismo, nacionalismo, y anti-americanismo[23]. Como Edward González ha argumentado, la búsqueda de una reforma más profunda tendría “elevados costes políticos e ideológicos para el régimen, que socavarían su control sobre la sociedad...(y) tenderían a desmoralizar a los cuadros del régimen”[24].
Aunque Castro intenta mantener la transformación ideológica dentro de estrechos márgenes, son visibles signos de erosión dentro de la sociedad cubana. Las acomodaciones diarias que los cubanos de a pie han tenido que hacer durante la pasada década para resolver los problemas económicos cotidianos han tenido sin duda un alto precio. Sobrevivir en la Cuba contemporánea requiere violar constantemente la ley y sus fundamentos normativos (o ideológicos). Los cubanos podrían haber estado dispuestos a aceptar restricciones sobre las libertades civiles en tanto que los resultados fueran percibidos como justos y deseables. Si, por el contrario, el régimen resulta incapaz de garantizar las necesidades básicas así como las “ganancias sociales de la Revolución” durante un período sostenido, se acentúa la crisis de legitimidad. Regímenes que asumen completa responsabilidad por el bienestar económico y social de sus ciudadanos son especialmente vulnerables a este cálculo[25].
 
Movilización
Bajo el post-totalitarismo la disponibilidad y capacidad de un régimen para movilizar a la población declina. El período 1991-2001 se adecua, al menos en parte, a esta caracterización. La movilización es un instrumento que puede ser empleado para afirmar la legitimidad y generar entusiasmo en torno a un proyecto nacional. Es también un instrumento para intimidar y controlar a la población que, como tal, funciona en tándem con la represión. Movilización y represión reflejan la visión absolutista y “estatalista” del síndrome totalitario cubano y sus variantes, aunque es analítica y políticamente importante entender - como Marifeli Pérez-Stable ha señalado- que el régimen “no puede ser entendido exclusivamente en términos de su componente represivo”[26]. A pesar de que es muy difícil y arriesgado discernir exactamente cuáles son las actitudes y la opinión pública reales bajo condiciones dictatoriales, no se puede descartar que un régimen autocrático pueda ser visto por importantes sectores de la población como legítimo o con “derecho a gobernar”. Obviamente, tal sentimiento puede variar en su alcance así como a lo largo del tiempo.
Entre los años 1993 y 1996 se produjo una evidente disminución de los esfuerzos del régimen para movilizar y reprimir a la población[27]. Este declinar reflejó, indudablemente, un ajuste táctico ante la crisis económica y la decisión de centrarse en la estabilización de la economía. El cambio hacia una respuesta más enérgica (especialmente en términos de establecer claros límites sobre la liberalización política) se produjo a comienzos de 1996. El abatimiento del avión de Hermanos al Rescate, el arresto de los miembros del Concilio Cubano que se habían organizado para reunirse en La Habana ese mismo fin de semana, y el discurso de Raúl Castro en abril de 1996 ante el pleno del Comité Central del PCC (donde fustigó a los intelectuales reformistas y sus conexiones externas) envió claras e inequívocas señales en este sentido. Esta inflexión política tuvo también su correspondencia en la esfera económica, donde el régimen reforzó los controles sobre los actores económicos informales que habían aparecido después de la dolarización de 1993, e introdujo modernas técnicas de gestión (perfeccionamiento) en las empresas, en un intento de mejorar su eficiencia y de reforzar su carácter “socialista”.
Los esfuerzos para intensificar la movilización se han acentuado aún más durante los pasados dos años. El caso Elián González proporcionó una gran oportunidad en este sentido. En lo que fue casi un rechazo a la generación “perdida” que había alcanzado la madurez política en los ochenta e inicios de los noventa, Fidel Castro concentró toda su atención sobre la nueva y más joven generación. Aunque los ejercicios de movilización fueron menos intensos que los de pasadas décadas, la capacidad para reunir miles de personas, sea para demandar el retorno de Elián o para protestar contra el embargo, sugiere una duradera y, en nuestra opinión, muy personal capacidad de Fidel Castro.
 
Pluralismo
El pluralismo en sus distintas dimensiones es incipiente y todavía muy vulnerable en el caso cubano- un hecho que corresponde con la caracterización del régimen como post-totalitario temprano. Ciertamente el pluralismo económico ha aumentado desde comienzos de los noventa. El auto-empleo se ha incrementado significativamente. Entre 1989 y 1999 el porcentaje de trabajos no estatales (principalmente en cooperativas agrícolas y en negocios familiares) aumentó de un 5% a casi un 25% de la fuerza de trabajo. El sector agrícola experimentó cambios dramáticos, especialmente en la extensión de tierra cultivable bajo control del Estado[28]. Las reformas económicas de los noventa abrieron importantes espacios para el “capitalismo de enclave” en sectores como la agricultura, la biotecnología, y el turismo. La dolarización de la economía ha ayudado también a aquellos sectores de la sociedad que reciben remesas de parientes fuera del país o que regentan pequeños negocios para satisfacer las necesidades de los turistas extranjeros. La importancia presente y futura de estos cambios económicos no debería subestimarse. Estas medidas abrieron espacio para nuevos actores en la arena económica y corresponden a lo que sería esperable durante una transición al post-totalitarismo, en la que el pluralismo económico precede al pluralismo político. Ha habido, no obstante, limitaciones importantes a estas reformas. El Estado retuvo el control sobre las mayores empresas y situó estrictos controles sobre las actividades de micro-empresas privadas[29].
Ninguna discusión del pluralismo económico en la Cuba contemporánea estaría completa sin abordar el papel substancial de las FAR en la economía. Para los militares, el colapso de los regímenes comunistas de la Europa del Este y la Unión Soviética aceleró un declinar presupuestario ya en progreso[30]. Cuando los presupuestos y los soldados en activo disminuyeron, el régimen abrió nuevas oportunidades económicas para miembros leales de las FAR, extendiendo el papel del “soldado cívico” desde el sector tradicional de la producción agrícola a la gestión de joint ventures con inversores extranjeros. Un significativo ejemplo de esta estrategia fue la creación del grupo Gaviota, una entidad que desde entonces ha diversificado sus actividades en numerosos sectores, incluyendo restaurantes, instalaciones de recreo, e incluso tecnología de la información y grandes almacenes[31]. La entrada de los militares en la arena económica tiene obvios beneficios: ofrece a los militares un nivel de vida privilegiado a través de su participación en la economía dolarizada y asegura presumiblemente su lealtad al régimen[32]. Por el contrario, este papel económico podría tener también consecuencias más negativas, al generar mayores oportunidades para la corrupción así como estimular un creciente resentimiento, debido a la diferencia económica entre algunos oficiales y el resto de las fuerzas armadas y de la sociedad[33].
Sin embargo, lo que puede tener una relevancia política más inmediata, es la emergencia de un cuadro de tecnócratas y expertos de gestión dentro de la cúpula militar. En contextos post-totalitarios tales “expertos” emergen típicamente dentro del aparato del partido[34]. Puede ser una de las particularidades del caso cubano que tal característica no sólo no se mantenga, sino que se vea invertida. La fuente principal de influencia “roja” podría eventualmente originarse dentro del PCC (que ha sido el principal tribuno y defensor de la ideología del régimen desde los años ochenta), mientras los “expertos” podrían emerger dentro de las fuerzas armadas. Como discutiremos en la conclusión, la aparición de tales tensiones puede ser una de las claves para entender la dinámica de la era post-Castro.
El pluralismo económico es frágil en la Cuba contemporánea pero bastante más vigoroso que en la esfera social. El totalitarismo ha tenido un impacto profundamente adverso sobre la sociedad cubana. Organizaciones estatales monopolizan y dirigen a la ciudadanía, mientras la sociedad civil es todavía relativamente débil y está desorganizada. La Iglesia Católica es sin duda la organización más importante de la sociedad civil en Cuba. Su red de apoyo internacional, ideología bien definida, y estructura de creencias, así como su permanente organización de cuadros, la diferencian de cualquier otro de los actores sociales cubanos. Aún así, la Iglesia cubana es una pálida sombra de lo que la polaca, la húngara (e incluso la chilena) fueron en los setenta y ochenta[35]. Aquellos que confiaban en que, siguiendo la estela de la visita del Papa Juan Pablo II en enero de 1998, la Iglesia experimentaría una dramática expansión en su presencia social se han visto frustrados. Sin embargo, hay evidencia de que la Iglesia se ha revitalizado y ha comenzado a desarrollar una presencia más importante en la sociedad cubana. Existen informes relativos al aumento de asistencia a misa (especialmente entre los jóvenes)e, incluso, y aunque haya habido alguna disminución desde el período inmediatamente posterior a la visita papal, hay un compromiso más intensamente visible por parte de los nuevos miembros que han continuado participando en las actividades de la Iglesia. La visita papal también infundió a la jerarquía y al clero con un nuevo sentido de energía y autoconfianza. Más aún, revistas como Vitral y Palabra Nueva presionan para ampliar los márgenes de tolerancia y, como mencionamos con anterioridad en este artículo, Cáritas y otras organizaciones vinculadas a la Iglesia han intentado ser más activas en la provisión de comida, medicinas, y otros servicios sociales a los ciudadanos cubanos[36]. El Estado cubano ha reaccionado enérgica y negativamente, poniendo obstáculos burocráticos y barreras a estos esfuerzos[37]. Más recientemente, un documento interno del PCC acusó a la Iglesia por sus esfuerzos en proporcionar tales servicios sociales, y urgió a los cuadros del partido a combatir cualquier erosión de la presencia del Estado en este ámbito.
Desde los años ochenta, ha habido una perceptible expansión en el espacio que la Iglesia Católica y otras organizaciones de la sociedad civil ocupan, aunque operan bajo condiciones muy difíciles. Todavía más si se trata de grupos de derechos humanos, un compromiso que requiere la disponibilidad a ser privado del trabajo y a aceptar hostigamiento y/o la cárcel. Estos grupos alternativos incluyen círculos culturales y literarios, redes de grupos gay y travestis, así como organizaciones culturales y religiosas afro-cubanas. La vasta mayoría de estos grupos no están explícitamente interesados en la política, pero su propia presencia y esfuerzos por afirmar una identidad sugieren la creciente fragmentación de la monolítica versión de “cuba-nidad” que el Estado había impuesto con éxito durante los pasados cuarenta años[38]. Sin la menor duda, el régimen toma muy en serio esta amenaza a su hegemonía en la esfera social. El régimen ha patrocinado su propio grupo de organizaciones de la sociedad civil (los llamados gongos- organizaciones no gubernamentales gubernamentales), y sus líderes e intelectuales se esfuerzan en insistir en que no hay contradicción entre el predominio del Estado y la existencia de (el tipo apropiado de) organizaciones de la sociedad civil[39].
Si hay algún ámbito de pluralismo social en la Cuba contemporánea, el pluralismo político sigue siendo anatema. Aunque han hecho su aparición en la escena cubana sindicatos, organizaciones agrarias, asociaciones de prensa, e incluso partidos políticos, es importante recordar las rígidas limitaciones bajo las que operan[40]. En el mejor de los casos se trata de organizaciones inmaduras, mantenidas bajo la constante vigilancia y acoso de la policía y los ubicuos Comités de Defensa de la Revolución (CDRs)[41].
La sociedad cubana contemporánea exhibe signos de un pluralismo inimaginable en fases más tempranas de la Revolución. Un influyente artículo ha categorizado cada una de las distintas etapas en el desarrollo de la sociedad civil como defensiva, emergente, de movilización, e institucional[42]. Cuba se sitúa claramente en la primera o en la segunda etapa, y manifiesta una sociedad civil defensiva o emergente[43]. Los actores no estatales (organizaciones no gubernamentales, grupos de la iglesia, redes de artistas, agricultores, auto-empleados, etc.) están todavía intentando defender su autonomía frente a un Estado cuyas pretensiones son todavía las de controlar cada aspecto de su comportamiento. Lo que ha cambiado en los pasados quince años es la capacidad del Estado para controlar estos actores no estatales. El Estado reconoció en cierta medida esta incapacidad a comienzos de los noventa, y puso en práctica reformas que permitieron a tales grupos ampliar su ámbito de actividades. Más recientemente, la (relativa) estabilización económica ha permitido al régimen recuperar algo de su anterior capacidad. Acciones disciplinarias sobre los disidentes y mayores restricciones sobre los auto-empleados atestiguan la disponibilidad y capacidad del régimen para circunscribir las actividades de la sociedad civil.
 
 
Conclusión
La transición hacia el post-castrismo ha comenzado. El cambio es inevitable en Cuba, y la única cuestión es qué dirección ha de tomar. Este artículo ha caracterizado el régimen actual como carismático y post-totalitario temprano. Al hacerlo hemos enfatizado varios aspectos. El primero ha sido el papel crucial de la autoridad carismática de Fidel Castro. Aunque el régimen cubano ha sido siempre de una manera muy especial su régimen, nosotros sostenemos que la crisis generada por el colapso de la Unión Soviética y la distorsionada realidad de la era post-Castro le han hecho una figura aún más indispensable. Hemos destacado también otros aspectos de la realidad cubana contemporánea. En la esfera económica observamos una disminuida capacidad del Estado, muy limitadas y débilmente institucionalizadas reformas económicas, un mayor número de actores económicos, y una creciente estratificación social y económica. También enfatizamos el papel económico de los miembros de las FAR y planteamos, en este sentido, dos posibilidades. A nivel social, creemos que estos oficiales podrían llegar a ser el embrión de una clase proto-capitalista. A nivel de la élite, especulamos que los militares podrían generar una clase tecnocrática de “expertos” que, en contraposición a los “rojos” del Partido Comunista, podrían presionar en favor de una agenda de reforma económica más profunda en la era post-Castro. La Iglesia Católica ha ganado espacio y auto-confianza en los pasados años, y ha habido un marcado incremento en el número de organizaciones sociales, religiosas y culturales, formales e informales. Aunque el número de grupos de derechos humanos y de activistas aumentó durante los años noventa, el régimen continúa acosándolos e intimidándolos. Esa presión se ha intensificado durante los dos pasados años[44].
 
¿Qué implicación tiene nuestra caracterización para analizar la dirección del cambio en Cuba? Visionamos cuatro posibles desarrollos del régimen cubano tras la muerte o incapacidad de Fidel Castro. Un primer desarrollo pondría a Cuba en la dirección de un retorno al pasado totalitario. Esto conllevaría una reafirmación de la ideología, un retorno a la movilización, el fin de las reformas e incentivos de mercado, restricciones sobre el pluralismo social y económico, y enérgica medidas disciplinarias sobre la actividad disidente. Un segundo desarrollo es el de un escenario de colapso, implicando una transición desde abajo y una revuelta popular que se extendería a sectores de las fuerzas armadas. El tercer desarrollo conduciría a Cuba hacia la estabilización del régimen post-totalitario. El post-totalitarismo sería la zona de tránsito para el cuarto desarrollo, bajo el cual el régimen evolucionaría hacia la adopción de reformas institucionales y económicas más profundas y significativas que, a su vez, podrían conducir a una transición a la democracia.
 
De estos desarrollos, consideramos los escenarios de retorno al totalitarismo y colapso como los menos probables. El camino hacia la reafirmación totalitaria es problemático por varias razones. Sin Fidel castro, los ejercicios de movilización y vigor ideológico no serían fácilmente sostenibles, tanto dentro de la élite como entre los miembros de la sociedad. Es más, es muy difícil imaginar cualquier actor en el sistema internacional contemporáneo que estuviera dispuesto a financiar un proyecto totalitario autárquico.
 
El escenario de colapso requeriría probablemente una enérgica ruptura dentro de la élite del régimen y una quiebra de su capacidad represiva. No creemos que, a corto plazo, vayan a producirse brechas importantes dentro de la élite gobernante. Ni es probable que haya una quiebra de la capacidad represiva. Es más, como la experiencia cubana de inicios de los años noventa demuestra, una crisis social y económica no es condición suficiente para que surjan protestas de masas y se produzca una transformación del régimen[45]. Dicho esto, sin embargo, un shock exógeno - una crisis económica, un desastre natural, una crisis de inmigración, etc.-, que condujese a un rápido deterioro de las condiciones de vida o a inestabilidad social, todavía podría desencadenar protestas de masas, colocando a los militares y a los aparatos de seguridad en la necesidad de optar entre la represión o la desobediencia a las órdenes[46]. Aunque esta situación de tipo rumano podría ocurrir, el régimen ha sido muy cuidadoso en atajar la protesta para evitar tales tests de lealtad. En la era post-Fidel Castro, sin embargo, después de que fisuras en la élite hayan emergido, tales protestas espontáneas podrían adquirir una nueva significación.
 
En su lugar, la inmediata era post-Castro presentará alguna variación sobre los escenarios tres y cuatro en los cuales la política de cohesión y conflicto de la élite predominará. Al decir esto, no queremos minimizar la importancia a largo plazo o la significación de cambios económicos estructurales. Creemos que la naturaleza del régimen cubano (y las “lesiones antropológicas”[47] que ha inflingido sobre la sociedad) refuerza nuestras razones para concentrarnos sobre la élite. La sociedad civil cubana es débil y está desorganizada y, por una variedad de razones, todavía no ha sido capaz de articular un proyecto nacional alternativo y creíble en torno al cual tanto el público de masas como las élites pudieran movilizarse. La sociedad civil no será fácilmente resucitada, y, al menos a corto plazo, no podría jugar un papel tan importante como algunos analistas de transiciones sugieren[48]. Nosotros identificamos varios grupos dentro del régimen y otros fuera de él que podrían desempeñar roles cruciales en nuestros dos escenarios más probables. Por el lado del régimen, los militares, el Partido Comunista, y “tecnócratas” dentro de la burocracia. Por el otro lado, la Iglesia Católica, grupos de derechos humanos, y la comunidad en el exilio.
 
Los grupos de dentro del régimen estarán en el epicentro de la dinámica política del temprano período post-Castro. Entre estos, y como los más ajustados a la trayectoria del régimen, los militares emergerán como el eje de la política del régimen. Parte de su influencia (su núcleo irreductible quizás) derivará de su monopolio sobre los instrumentos de violencia. Además, desde su posición en el control de las empresas con capital extranjero, los oficiales han sido, tanto antes como ahora, los principales interlocutores con los inversores internacionales, lo que fortalecerá sus recursos y su influencia. Es más, aunque todavía no hay un veredicto final respecto al perfeccionamiento empresarial, la década pasada ha visto como los militares se han convertido en el último recurso de gestión para el proyecto de Estado socialista en Cuba. El control militar del aparato represivo y su presencia en las esferas económicas podría dejar al Partido Comunista como el ejecutor trasero de la ideología y el guía ostensible de los Comités de Defensa de la Revolución. Cuando el proyecto ideológico del régimen se mueva hacia una redefinición, el PCC incluso podría encontrar su legitimidad más debilitada aún. Esto es menos probable que ocurra con respecto a los militares, que pueden apelar más fácilmente a su papel de defensores de la patria. En contraste con los militares y el PCC, la élite civil tecnocrática posee escasos recursos. Sospechamos que, sin la autoridad y la disponibilidad de recursos de Castro, las fisuras entre los líderes militares y el partido podrían aparecer entre las más desestabilizadoras fuerzas del orden post-Castro.
 
Una vez que estas brechas se desarrollen, actores de la élite fuera del régimen pueden desempeñar un papel más importante y conquistar un mayor espacio en la política cubana. La Iglesia probablemente no tomará un abierto papel político, pero sus llamadas a la justicia y la reconciliación nacional ayudarán indudablemente a conformar la agenda política y proporcionarán un puente entre los reformistas del régimen y una emergente oposición. Desde sectores cercanos a la Iglesia probablemente emergerán también grupos Demócrata-Cristianos cuyo programa social podría resultar atractivo para aquellos elementos moderados de dentro del régimen que están buscando su lugar. Los grupos de derechos humanos se verán estimulados, crecerán en número, y aumentará su ámbito de actividad. Algunos podrían transformarse en organizaciones políticas. Por su parte, la diáspora se convertirá en una fuerza de importancia creciente, no sólo en términos económicos sino también como protagonistas en la construcción de una nueva identidad y sistema político cubanos. Quizás porque la muerte de Castro abrirá nuevas oportunidades para el cambio político en Cuba, permitirá así a los exiliados centrarse menos en ganar una “guerra civil de cuarenta años” que en explotar las oportunidades políticas dentro de la isla.
 
El fin de la era de Castro señalará la conclusión de un proyecto para Cuba y el inicio de uno nuevo. Cuando el centenario de su independencia se aproxima, Cuba enfrenta retos políticos, económicos, sociales y culturales coincidentes que, dejando a un lado la retórica, distan de estar resueltos. Los dilemas de construcción del Estado y de la nación están tan presentes como siempre en la agenda, y supondrán un enorme reto para cualquier régimen que emerja en Cuba durante la próxima década. Mientras tanto, concluimos con la esperanza de que este artículo haya podido capturar las características esenciales del régimen cubano, pasado y presente, y esbozado algunas de las direcciones posibles de cambio.
   




Notas

   [1].. 1. Para una primera aproximación a este tema, ver Eusebio Mujal-León y Jorge Saavedra, “El post-totalitarismo carismático y el cambio de régimen: Cuba en perspectiva comparada,” Encuentro 6/7 (Otoño/Invierno 1997): 115. Para una opinión coincidente, ver también Linz y Stepan, Problems of Democratic Transition and Consolidation: Southern Europe, South America, and Post-Communist Europe (Baltimore: The John Hopkins University Press, 1996), 55.
   
    [2].. 2. Carmelo Mesa-Lago, “¿ Cambio de régimen o cambios en el régimen? Aspectos políticos y económicos.” Encuentro 6/7 (Otoño/Invierno, 1997):37-40.
   
    [3].. 3. Linz y Stepan, 48.
   
    [4].. 4. Carmelo Mesa-Lago, Market, Socialist, and Mixed Economies (Baltimore: The John Hopkins University Press, 2000), 312. Mesa-Lago documenta el cambio en términos de la ayuda de la Unión Soviética cuando la USSR hizo frente al declinar económico del período 1986-1990, cuyos términos, aunque todavía favorables, desfavorecieron crecientemente a Cuba.
   
    [5].. 5. Marifeli Pérez-Stable, “Caught in a Contradiction: Cuban Socialism between Mobilization and Normalization,” Comparative Politics vol. 32, nº1 (October 1999): 70.
   
    [6].. 6. La producción de azúcar y casi cualquier otro producto agrícola disminuyó de modo importante en este período. Mesa-Lago, Market, Socialist, and Mixed Economies, 281-288.
   
    [7].. 7. Julia Preston, “The Trial that Shook Cuba.” The New York Review of Books. (diciembre 7, 1989): 24-31.
   
    [8].. 8. La clásica formulación se encuentra en Jorge I. Domínguez, “The Civic Soldier in Cuba” en Armies and Politics in Latin America, eds. Abraham Lowenthal and J. Samuel Fitch (New York: HolmesandMeier, 1986), 263.
   
    [9].. 9. Domingo Amuchástegui, “ Cuba’s Armed Forces: Power and Reforms,” paper presentado como parte de la conferencia Cuba en Transición: Actas de la Reunión Anual de la ASSCE, vol. 9, Coral Gables, Florida, 12-14 agosto, 1999: 110.
   
    [10].. 10. Greene Walker estima que 300.000 cubanos sirvieron en el extranjero durante un período de 16 años. Phyllis Greene Walker, “Challenges Facing the Cuban Military,” Georgetown University, Cuba Briefing Paper Series nº12, (octubre 1996). <http://www. georgetown.edu/sfs/programs/clas/caribe/bp12.htm. >
   
    [11].. 11. Enrique A. Baloyra, “Twelve Monkeys: Cuban National Defense and the Military.” Cuban Studies Association, Occasional Paper Series, vol. 1, nº4, (noviembre 15, 1996):13.
   
    [12].. 12. Frank O. Mora, “From Fidelismo to Raulismo: Civilian Control of the Military in Cuba,” Problems of Post-Communism vol.46, nº4 (noviembre 15, 1996):13.
   
    [13].. 13. Para uno de los mejores tratamientos del asunto Ochoa, ver Preston, 24-31.
   
    [14].. 14. Aparentemente, muchos MININT oficiales fueron purgados o bien porque no habían investigado en profundidad las actividades del General Ochoa o, más probablemente, porque Fidel no estaba seguro de la lealtad de MININT al régimen. Greene Walker señala que “en la reorganización de ...que siguió, casi todos los oficiales del ministerio antes independiente fueron destituidos y reemplazados por personal con carrera militar.”
   
    [15].. 15. Richard Millet indica que hasta el 70% de los oficiales del Ejército Occidental fueron siguiendo al juicio de Ochoa. Richard Millett, “Cuba’s Armed Forces: From Triumph to Survival.” Georgetown University, Cuba Briefing Paper Series nº4 (septiembre 1993). <http://www.georgetown.edu/sfs/programs/clas/Caribe/bp4.htm>
   
    [16].. 16. Mesa-Lago, Market, Socialist, and Mixed Economies, 293. Marta Beatriz Roque Cabello y Manuel Sánchez Herrero, “Background: Cuba’s Economic Reforms: An Overview” in Perspectives on Cuban Economic Reforms, eds., Pérez-López y Travieso-Díaz (Tempe: Arizona State University Center for Latin American Studies Press, 1998), 9-11.
   
    [17].. 17. Marifeli Pérez-Stable, 67.
   
    [18].. 18. Jorge I. Domínguez, “Comienza una transición hacia el autoritarismo en Cuba,” Encuentro 6/7 (otoño/invierno 1997): 9.
   
    [19].. 19. Juan J. López, “Implication of the U.S. Economic embargo for a Political Transition in Cuba,” paper presentado como parte de la conferencia Cuba en Transición: vol.7, documentos y actas de la Séptima Reunión Anual de la Asociación para el Estudio de la Economía Cubana (ASCE). Miami, Florida, 7-9 agosto 1997: 250.
   
    [20].. 20. Pérez-Stable, 73.
   
    [21].. 21. En general se puede decir que las reformas económicas cubanas han sido moderadas comparadas con aquellas puestas en práctica en China o Vietnam. Ver Edward González, Cuba: Clearing Perilous Waters (Santa Monica: Rand, 1996), 9.
   
    [22].. 22. Josep Colomer, “After Fidel, What? Forecasting Institutional Changes in Cuba,” artículo presentado como parte de la conferencia Derecho Constitucional en una Cuba Post-Castro, New York University School of Law, 21 abril 1997:9.
   
    [23].. 23. En la última sesión del 8º Congreso de la Federación de Periodistas Latinoamericanos (FELAP) celebrado en la Universidad de La Habana el 12 de noviembre de 1999, Castro atacó el sistema político norteamericano calificándolo de imitación. “Nosotros preferimos”, dijo, “nuestro socialismo con todas sus imperfecciones; preferimos el totalitarismo de la verdad, la justicia, la sinceridad, la autenticidad; el totalitarismo de los sentimientos verdaderamente humanitarios; el totalitarismo del tipo de sistema multipartidista que nosotros practicamos.” Fidel Castro, discurso ante la Federación de Periodistas Latinoamericanos (FELAP) 8º Congreso en la Universidad de La Habana, 12 de noviembre 1999. <http://www2.ceniai.inf.cu/gobiero/discursos/1999/ing/f121199i.html>
   
    [24].. 24. González, 9, 25. Juan J. Linz, “Totalitarian and Authoritarian Regimes,” en Handbook of Political Science (vol.3) eds. Fred I. Greenstein y Nelson Polsby, (Reading, Massachussets: Addison-Wesley, 1975), 197-98.
   
    [25].. 25. Gianfranco Poggi, The State: Its Nature, Development and Prospects (Stanford: Stanford University Press, 1990), 168. Para una discusión similar de la legitimidad del proceso versus la legitimidad de los resultados, ver Alan C. Lamborn, “Theory and Politics in World Politics,” International Studies Quarterly 41 (1997): 193-194.
   
    [26].. 26. Pérez-Stable, 64.
   
    [27].. 27. Pérez-Stable, 68.
   
    [28].. 28. Economist Intelligence Unit (EIU). EIU Cuba Country Profile 1999-2000, (1999), 10. Ann Wroe. “Survey of Cuba: Heroic Illusions: Oranges and Lemons,” The Economist (abril 6, 1996). Mientras en 1992 las explotaciones agrícola estatales controlaban aproximadamente el 75% de la tierra cultivada, tres años más tarde sólo era el 27%.
   
    [29].. 29. En relación a las distinas restricciones del auto-empleo, ver Phillip Peters, “Cuba’s Small Business Experiment: Two Steps Forward, One Step Back,” Georgetown University, Cuba Briefing Paper Series, nº17, (Marzo 1998) <http://sfswww.georgetown.edu/sfs/programs/clas/Caribe/paper17.pdf>. Ver también Tom Gjelten, “Entrepreneurs in Cuba,” Radio report on National Public Radio, julio 24, 2000.
   
    [30].. 30. EIU, 8.
   
    [31].. 31. El alcance de este cambio de orientación es evidente en el juicio expresado por el General norteamericano Charles Wilhelm: “tenemos evidencia convincente de que el 70% de la fuerza existente está siendo empleada actividades agrícolas y otras actividades de auto-subsistencia”. En Anthony Broadle, “Cuban military no threat, turns to farming-U.S.,” Reuters. (Marzo 31 1998). Mora y Greene walker discuten las actividades de Gaviota con más detalle. Ver también la página web de Gaviota, http://www.gaviota.cubaweb.cu/index.asp
   
    [32].. 32. “Casi se podría asegurar que los altos administradores y gestores seleccionados en las empresas tienen acceso a cuentas en dólares, ganan altos salarios y reciben otros beneficios como parte de su trabajo.” Juan M. del Aguila, Louis Horowitz y Jaime Suchlicki (New Brunswick: Transaction Publishers, 1998), 668-670.
   
    [33].. 33. Las diferencias entre aquellos que podrían ganar dólares y aquellos con salarios dependientes del Estado fueron humorísticamente retratas en la película Guántanamera. Estimaciones más formales han sido presentadas por Philip Peters, “Where Capitalists and Socialists May Agree: Future Issues in Cuban Economic Policy,” conferencia del Proyecto Caribe de la Universidad de Georgetown, Washington D.C., marzo 20, 2000. <www.lexingtoninstitute.org/cuba/cubaeconpol.htm >
   
    [34].. 34. Linz, 204.
   
    [35].. 35. Existe poca evidencia para apoyar la idea de Jorge Domínguez de que la Iglesia Católica cubana juega un papel comparable al ejercido “bajo regímenes autoritarios en otras latitudes.” Domínguez, “Comienza una transición hacia el autoritarismo en Cuba,” 16.
   
    [36].. 36. Para un tratamiento inusualmente bueno de la Iglesia en Cuba, ver el volumen editado por Dagoberto Valdés Hernández, ed. Reconstruir la Sociedad Civil: Un Proyecto de Educación Cívica, Pluralismo y Participación para Cuba (Caracas, Fundación Konrad Adenauer, 1997).
   
    [37].. 37. “Agencia Fides Denuncia Persecución Religiosa en Cuba.” Radio Vaticano E-mail nº 133- IIIº (noviembre 24-30, 2000). <http://www.vaticanradio.org/ispano/isparchi/noti133.htm >
   
    [38].. 38. Velia Cecilia Bobes León, Los laberintos de la imaginación: repertorio simbólico, identidades y actores del cambio social en Cuba (México: El Colegio de México, Centro de Estudios Sociológicos, 2000), 222.
   
    [39].. 39. Rafael Rojas, “Políticas Invisibles.” Encuentro 6/7 (otoño/invierno 1997): 33. Para una opinión similar desde una perspectiva simpatética al régimen, ver Hernández, Rafael, “¿ Hacia una nueva sociedad socialista? Cambios, crisis y configuraciones sociales en Cuba,” Nueva Sociedad 157 (septiembre-octubre 1998): 2717-2818.
   
    [40].. 40. Freedom House Ranking muestra un 7 en la clasificación de “falta de libertades” en relación a los derechos políticos y 7 para las libertades civiles desde 1972 a 1976, a continuación un declinar a 6.6 entre 1978 y 1988, y una proyección ascendente hasta 7.7 para la última década. Http://www.freedomhouse.org/survey99/country/cuba.html.  Varias organizaciones de defensa de los derechos humanos (Amnistía Internacional y Human Rights Watch, entre otras) han informado sobre el continuado acoso y persecución de disidentes, junto a un constante rechazo a amnistiar a cientos de presos políticos. La última ola de represión es cubierta por Pedro Betancur en “Cuba: Repression by Harassment,” The Economist (18 marzo 2000).
   
    [41].. 41. Josep Colomer, “Watching Neighbors: The cuban Model of Social control,” Cuban Studies nº31 (forthcoming).
   
    [42].. 42. Weigle, Marcia A. y Jim Butterfield, “Civil Society in Reforming Communist Regimes,” Comparative Politics vol.25, nº1 (octubre 1992):1-23.
   
    [43].. 43. Juan Carlos Espinosa, “Civil Society in Cuba: The Logic of Emergence in Comparative Perspective,” presentado como parte de la conferencia Cuba en Transición: Actas de la Reunión Anual de la ASCE, vol..9, Coral Gables, Florida, 12-14 agosto 1999:346-367.
   
    [44].. 44. Betancur. Ver también Pax Christi Netherlands, Report on Humanitarian and Social Work of Catholic Church Institutions in Cuba (febrero 13, 2001).
   
   [45].. 45. Una explicación metodológica del trabajo de Theda Skocpol discute como la “privación relativa”no es una causa suficiente para la revolución. James Mahoney, “Nominal, Ordinal, and Narrative appraisal in Macrocausal Analysis,” American Journal of Sociology vol.104, nº4 (enero 1999): 1160.
   
    [46].. 46. Para una escéptica perspectiva sobre el colapso del régimen ver Juan M. del Aguila, “Reflections on a Non-Transition in Cuba: Comments on Elites,” presentado como parte de la conferencia Cuba en Transición: vol.7, actas y documentos de la Séptima Conferencia Anual de la Asociación para el Estudio de la Economía Cubana (ASCE), Miami, Florida, 7-9 agosto 1997:192.
   
    [47].. 47. Arzobispo Pedro Meurice, “Present and Future of the Church in Cuba,” discurso de aceptación del Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Georgetown, Washington, D.C., 29 de mayo, 1999.
   
    [48].. 48. López, 250.
   
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